| IRON
MAIDEN y EDDIE
Hola a todos, me llamo Edward T. aunque todos me
conocen cariñosamente como Eddie. Estoy muerto, o al menos eso
dicen, pero el hecho es que no hago más que resucitar de cualquier
tumba en la que han querido enterrarme. Mis comienzos fueron parecidos
a los de muchos chicos de mi edad por el West End de Londres: Era un chico
de barrio, con gusto por los placeres prohibidos, y pronto me acerqué
al emergente Punk que empezaba a despuntar en la época. Primero
fue mi pelo de punta, después mis maneras un tanto anómalas
de acercarme a los que me rodeaban, mis instintos algo agresivos e incluso
mi odio visceral hacia esas formas de poder que querían oprimirme
(lo siento, señora Thatcher, pero usted no era la ‘dama de
hierro’ que más me gustaba y por eso tuve que hacerle besar
la hoja de mi navaja), las que no gustaron a la estirada sociedad inglesa
de la época.
Poco a poco mis maneras ‘punks’ fueron evolucionando hacia
algo más roquero, menos crudo y sobre todo cercano a lo que unos
años antes ya habían comenzado a perfilar otros jóvenes
locos por ser diferentes como Black Sabbath, Judas Priest o Led Zeppelin.
Mi pelo creció, a mi harapienta camiseta blanca la cubrió
pronto una ajustada chaqueta de cuero negro y fui cambiando paulatinamente
mis antiguos cuchillos por hachas o catanas conforme mi poder se iba tornando
más contundente. De hecho, comencé a ser importante y reconocido,
y con el tiempo llegué a desafiar al mismísimo diablo. De
todos modos, el infierno no era mi sitio, eso lo dejaba para otros con
mayores aires de grandeza pero una visión de la realidad algo distorsionada…
¡No!, yo era un chico real, vivía todavía en la tierra,
era malvado a la vez que enormemente atrayente y poco a poco iba consiguiendo
que todo el mundo se fuera rindiendo a mis pies. El inicio fue Inglaterra,
después todo el Reino Unido, Alemania, Francia, Europa al completo,
Japón, Estados Unidos… Todos se rendían a mi poder,
a mi magnetismo y a mi fuerza maligna. Ya os he dicho que reiné
hasta en el infierno y dominé los siete mares sólo con el
fuego que ardía en mis ojos, con la fuerza que emanaba de esa música
que, sin saberlo, yo inspiraba e incluso componía a través
de esos peleles que querían quitarme el protagonismo en las fotos.
Primero acabé con el protagonismo Punk de un tal Paul Di´Anno,
después poco a poco fueron cayendo a mis pies las maneras roqueras
de Dennis Stratton; Clive Burr no soportó la presión de
estar a mis ordenes y continuamente en acción accediendo a mis
deseos de gobernar el mundo a través de mi música, y finalmente
sometí como esclavos a unos jóvenes Dave Murray y Adrian
Smith que interpretaban con sus guitarras todo aquello que mi maligno
cerebro les dictaba. Conseguí que un díscolo estudiante
de historia, un joven bigotudo y problemático por su fuerte carácter
e ideas algo extremistas, fuera capaz de dar forma, sonido y volumen a
los mensajes que yo tenía que enviar al mundo… “Bruce,
Bruce” creo que le llamaban en su tierna juventud. También
fui capaz de que un rubio, feo y chato batería que andaba por las
Galias intentando hacer famosos a unos tal Trust, que nunca llegarían
a nada sin la mano maestra y maligna de alguien como yo detrás,
estuviera a mis ordenes dando ritmo y acompasando a golpes poderosos,
a la vez que técnicos, mis designios sonoros.
Al único al que no fui capaz de dominar fue a ese obstinado joven
de un barrio bajo londinense… Desde el principio me echó
un pulso y nunca fui capaz de vencerle y por ello fue el único
al que nombré de verdad mi mano derecha y siempre le consulté
sobre las decisiones que tenía que tomar a la hora de dominar el
mundo de la mano de mis títeres músicos, de esas marionetas
que creían que eran algo sin que yo se lo ordenara… Steve
Harris se llama ese hombre y, aunque nunca llegue a ser tan importante
como yo, tengo que reconocer que tiene unas grandes pelotas inglesas y
una determinación tal que ha conseguido que él y yo siempre
hayamos gobernado y dirigido el barco de la mano.
Sí, es cierto que a veces me dan estos aires de grandeza y de locura
y por ello en alguna ocasión han tenido que encerrarme para que
volviera a la realidad y mis delirios de poder se encaminaran de nuevo
al verdadero objetivo que dio sentido a todo desde el principio: ser la
mano directora y la cabeza e imagen visible de la banda más grande
que dio el Heavy Metal… Recuerdo que en uno de mis primeros encierros
incluso me raparon la cabeza y me ataron con fuertes cadenas y en mi locura
me inventé mundos paralelos. Viajé al pasado y dominé
el imperio más importante de la historia desde lo alto de una pirámide.
Siendo el faraón más grande de todo el mundo conocido, recorrí
toda la faz de la Tierra haciendo mis esclavos y pisando a todo aquel
que osaba siquiera hacerme sombra. Esto desgastó soberanamente
a mis más importantes generales y transmisores de mi mensaje y
mi grandeza. De hecho, el comandante Dickinson estuvo a punto de abandonar
el barco, Steve Harris vio amenazada su autoridad en ocasiones y Adrian
Smith cogió una extraña enfermedad derivada del cansancio
que le hizo desear propuestas más sencillas que se plasmarían
no demasiados años más tarde… Pero no adelantemos
acontecimientos todavía.

Una vez dominado el pasado y el presente, sólo me quedaba viajar
al futuro para dar constancia de que entonces también seríamos
los más importantes del mundo. Tuve que acabar a golpe de pistola
láser con algunos que entorpecieron mi camino… pero ya sabéis
que esto nunca fue un problema para mí, y me embarqué en
nuevas enormes giras, en este caso sin faraónicas construcciones
y lejos de esfinges, sarcófagos y máscaras mortuorias. En
este caso preferí los rayos láser, las grandes plataformas,
así como enormes representaciones de mi persona que intimidaran
y convencieran a cualquiera de que yo seguía siendo la verdadera
Dama de Hierro ya fuera en el pasado, en cualquier presente o en ese futuro
que todos tienen en la cabeza pero que sólo yo fui capaz de dar
forma.
Había reinado en el fuego también y ahora tenía que
dominar el hielo. Durante este tiempo había tenido tiempo incluso
de tener muchos hijos, pero ninguno como el séptimo, al igual de
poderoso que lo fue a su vez su respectivo séptimo hijo. Incluso
tuve algún momento de debilidad y ofrecí mi corazón
como ofrenda para todo aquel que supiera interpretar ese gesto. Supongo
que fue algo parecido a lo de aquel que llamaron Jesucristo con aquello
de “Tomad y comed todos de él”, pero al final fue una
trampa más y todo el que mordió cualquier trozo de ese corazón,
o incluso de aquella manzana podrida, se convertía al instante
a mi religión, fanáticamente, con razón o sin razón,
pero de repente todos estaban a mi servicio: cielo e infierno, fuego y
hielo, presente, pasado y futuro, Punk, Rock y Heavy Metal… Todo
dependía y estaba supeditado a lo que mis chicos hicieran, y a
lo que yo mismo decidiera.
¡Ah, sí!, perdonad, yo y mis delirios de grandeza…
De repente despertaba y seguía encadenado e incluso era demasiado
molesto para algunos por mucho que yo insistiera y no dejara de asegurar
que era un dios, un faraón en la tierra, un enviado del futuro
e incluso el mismo maestro del Diablo, el que dirigía sus movimientos
como si él fuera tan sólo una marioneta… Uno de mis
generales dimitió (aunque él no sabía entonces que
le inyecté ese veneno para hacerle regresar a mí unos años
después) pero no tuve que buscar demasiado para encontrar un sustituto
rubio, risueño, muy cercano a lo que mis generales habían
sido en sus comienzos: sólo unos chicos ‘heavies’,
macarras y con unas grandes ilusiones. Le llamaban Janick pero no era
un total desconocido para mí pues ya había tenido contactos
con aquel tal ‘Bruce Bruce’ en sus campañas solitarias
tatuadas e incluso con otro de los que en su momento también estuvo
en el Olimpo de los dioses, un tal Ian Gillan.
De repente, y sin merecerlo, me mataron, pero no tardé en resucitar,
agarrando del cuello a mi sepulturero y haciéndole pagar, quizás
injustamente, lo que otros me habían hecho. Primero resurgí
con calma, sin aires de grandeza, de nuevo con mis viejos pantalones raídos
y mi camiseta de obrero, sin adornos externos y sólo con la idea
de recuperar poco a poco el trono perdido. Eso sí, en pocos años,
sigilosamente, atacando desde los árboles, disparando a extraños
e incluso apareciendo como un murciélago o ave infernal para atrapar
las almas de los que en Donington todavía dudaban de mi resurrección,
volví a ser el más grande… aunque esta vez duró
muy poco mi reinado.
Nunca lo llamé traición, no fue algo premeditado, podía
haberlo esperado, lo sabía desde hacía muchos años…
pero el caso es que ‘esa’ deserción me dolió
más que ninguna otra. No era mi escudero más fiel, no era
mi más autentico servidor y tampoco me había jurado nunca
amor y sumisión eterna, pero cuando ‘Bruce Bruce’ nos
dejó sentí el vacío más inmenso que nunca
antes había sufrido. De repente las cuerdas que sujetaban al diablo
se soltaron, las cadenas me apretaron más fuerte que nunca, la
esfinge se derrumbó, la energía de los láseres disminuyó
hasta casi extinguirse, la lápida de la tumba me golpeó
en la cabeza y de un plumazo se me cayó el pelo y mi carne de zombi
se convirtió en algo tan quebradizo como una vieja rama de árbol
carcomida por los años y los sinsabores.
Volví a la realidad e intenté empezar desde casi cero, reclutando
a un obrero en vez de a un rey, intenté encontrar el ‘factor
x’ que me devolviera la gloria perdida, probé con los deportes
incluso, pero todo no era más que algo virtual, irreal y que no
tardaría en llegar al final de la senda y tener que escoger el
camino del pasado para llegar al futuro o del futuro para volver al pasado.
No entendí la disyuntiva, así que pedí consejo a
mi fiel general Harris y él sabiamente decidió limar asperezas
con el ángel caído y le hizo regresar dándole de
nuevo los galones de comandante en jefe. Ya no era el poderoso guerrero
de los inicios, no acariciaba al viento su larga melena ni su voz arañaba
al aire como antaño pero todavía seguía latiendo
con fuerza ese corazón de atleta, su voz todavía hacía
retumbar las montañas y retroceder a los ejércitos de estos
tiempos que se rendían al instante ante la renovada fuerza de ‘la
dama’.

Volvimos al futuro y conseguimos reinar como en el pasado, sacudimos Europa,
Norteamérica, Asia, Sudamérica (incluso dirigimos una gran
cruzada desde Brasil para decirle al mundo que seguíamos siendo
grandes), bailamos una danza con la misma muerte y desde el más
allá ahora nos disponemos a recuperar cualquier trono perdido que
todavía nos quede por hacer nuestro. No importa que sea desde el
infierno, desde un barrio bajo londinense, desde un lujoso palacio egipcio,
desde el pasado o desde el futuro… incluso desde el más allá,
porque Eddie y sus hijos te quieren para la vida y para la muerte: “Wherever,
wherever you are, Iron Maiden's gonna get you, no matter how far, ee the
blood flow watching it shed up above my head, Iron Maiden wants you for
dead”.
No, ahora sé que no estoy loco, en verdad fui un faraón,
dominé al Diablo, me inscribí en el futuro, morí
y resucité, y ahora puedo ofrecerte una triple muestra de lo que
fue mi vuelta desde el más allá. No me olvides nunca y recuérdame
como lo que fui en cada época de la historia: el más grande.
(Eddie)
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DEATH
ON THE ROAD, ¿otro DVD?
Por
Antonio Sánchez
Mucho se
critica en los foros la costumbre que están teniendo las compañías
de poner a la venta constantes ediciones en DVD de grupos clásicos,
echando en cara a las bandas el hecho de ofrecer casi siempre el mismo
material, etc. Algo que no comprendo, ya que si eres fan de un grupo,
siempre desearás tener ‘todo’ el material posible de
la banda en directo. Y en el caso de Maiden, qué se puede criticar.
Una banda que ya no tiene que demostrar nada a nadie, cuyos últimos
discos pueden gustar o no, pero lo que es evidente es que en directo siguen
siendo grandes. Sus clásicos inmortales como "The number of
the beast", "Killers" o "The trooper" se pueden
escuchar miles de veces, que nunca cansan. Yo lo tengo claro. Para los
veteranos, un bonito souvenir de sus últimas actuaciones, y para
los no iniciados, una buena manera de adentrarse en una de las bandas
definitivas del Heavy Metal británico.
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©
Los+Mejores Rock Magazine. Madrid. Febrero 2006
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