| Estamos
a punto de que se cumpla el 20º aniversario del nacimiento de Héroes
del Silencio (y décimo de su separación) y es inevitable
que surjan mil y un homenajes desde todos los ámbitos, tanto sinceros
y desinteresados como con lúdica intención e intereses claramente
marcados. Yo sólo puedo posicionarme desde el lado del fan que
desea volver a ver, aunque sea una única vez más, a la mítica
formación reunida encima de un escenario. Es cierto que todas las
teorías sobre que Juan Valdivia no perdona a sus ex compañeros,
que Enrique Bumbury hace tiempo que tiene la cabeza en otros mundos musicales
o que quizás Pedro y Joaquín no sólo esgrimen razones
nostálgicas para hacerlo, tienen su parte de razón y de
validez, pero su historia y leyenda deberían tener más peso
que todas las rencillas y conjeturas, más o menos irreales, del
mundo.
Quizás veinte años no significan demasiado, tal vez sólo
sea una cifra fetiche demasiado mitificada por cualquier amante del Rock,
¿quien sabe? Pero nos lo deben a los fans, se lo deben
a ellos mismos y por supuesto también a toda esa generación
española e incluso latinoamericana y europea que ha crecido al
ritmo de sus mágicas canciones, de sus hipnotizantes melodías,
de sus inimitables requiebros del lenguaje, de sus inevitables amores
y odios generados, pero sobre todo de su increíble leyenda personal
y musical.
Debía correr el año 89/90 cuando un servidor, entonces un
moco gafotas con la personalidad poco formada, pelusilla bigotera incipiente
y todavía interés por casi todos los estilos musicales sin
hacer demasiada distinción entre clase, magia o mera estupidez,
descubrió que la música no era algo que se oía sin
más, que los músicos no eran simples artistas y que las
letras de las canciones no sólo servían para tararear. Quizás
pudiera haber sido cualquier otro disco pero el caso es que coincidió
que la portada que me atrajo fue la de unos jóvenes mirando a la
cámara sobre un acantilado y el mar bravo de fondo cuando de repente
empezó a sonar… y esa tarde no pude moverme del sofá
más que para darle la vuelta al vinilo y volver a escuchar “Mar
adentro”, “Flor venenosa”, “No más lágrimas”
o “Hace tiempo”.
También fue casualidad, o quizás ya no tanto, que fuera
el primer disco propio que tuve en mis manos pero lo cierto es que me
costó lo suyo ahorrar y comprarme en algún desaparecido
Discoplay de mi antiguo barrio ese “Senderos de traición”
que me hizo asegurarme para siempre de que “mi rollo era el Rock”
(y eso que todavía no había descubierto a Barón Rojo).
Además, fueron muchas las veces que tuve que defender a muerte
a mi grupo en el instituto de pseudomodernillos de turno, aspirantes a
makineros (entonces el Bakalao como tal todavía no existía),
y sobre todo niñatos sin personalidad ni gusto alguno que sólo
sabían esgrimir la burda excusa de que “imitan a los Doors”
como inofensivo ataque. Estúpidos pijos que cantaban “Maldito
duende” o “Entre dos tierras” a la vez que Vanilla Ice,
MC Hammer o cualquier tonta canción del “Boom X” del
momento no podían tener razón.
Seguí creciendo y descubriendo más y más música,
muchos grupos, multitud de bandas, nacionales e internacionales, roqueros
o heavies, nuevos y antiguos, pero mis Héroes siempre
permanecieron ahí, inalterables a mis modas, gustos o evolución
personal hacia terrenos inevitablemente más metálicos. Ya
entonces también dejé de fijarme tanto en las típicas
'canciones conocidas'… No, las mías eran otras: “La
mar no cesa”, “No más lágrimas”, “Hechizo”,
“La carta”, “Con nombre de guerra”, “Flor
venenosa”... Magia pura, poesía y ambrosía a la par
melódica y poderosa hecha canción.
Caían los años, crecían los pelos, desaparecían
las gafas, aparecían las chicas pero Héroes seguía
estando ahí, al pie del cañón y más duro que
nunca (sí, también había descubierto ya a Panzer
y a Ñu). Ahora era “El espíritu del vino” y
yo seguía en las discotecas de turno (ya mucho menos habituales
para mí) pidiendo “Sangre hirviendo”, “Sirena
varada”, “Bendecida II” o “Los placeres de la
pobreza”… y esperando esa primera vez que siempre es especial
para todo amante de la música que se precie. Por fin llegó
en esa gira la pérdida de mi virgo en un concierto especial en
un Palacio de los Deportes de Madrid hasta la bandera.
Magia, sueños, más cambios personales y evoluciones vitales
pero Héroes siempre tenía hueco en mis viajes, ilusiones,
momentos compartidos y experiencias. Esta vez la novedad era “Avalancha”
y por primera vez dudé, porque el picotazo, el feeling
y la impresión no eran los mismos de los años anteriores.
Vale, la felicidad no era completa y se notaba bien que algo fallaba pero
todavía se podía soñar dibujando en el aire y con
los ojos cerrados la magia de “La chispa adecuada”, “Morir
todavía” o “Deshacer el mundo”.
De repente el moco es un hombre con vida, trabajo, amor y algunos sueños
cumplidos pero, pese a todos los cambios y momentos dejados atrás,
Héroes sigue estando ahí aunque ellos mismos y muchos otros
no lo sepan.
Son más de veinte años los que han pasado desde que unos
jovencísimos Juan y Pedro Valdivia (no confundir con Pedro Andreu)
y Enrique Ortiz de Landazuri (sí, Bunbury no es su apellido) decidieron
que ellos serían héroes de leyenda para toda una generación.
Pedro se quedó muy pronto en el camino y aparecieron Joaquín
Cardiel y Pedro Andreu, incluso más tarde Alan Boguslawski. Ahora
no encontramos en 2006 y se reeditan sus cuatro discos de estudio y, ¿por
qué no?, todavía hay tiempo de soñar con la ansiada
reunión en 2007 para conmemorar el vigésimo aniversario
del nacimiento de la banda más grande e importante que ha dado
este imperio de paletos. No lo sé, especular es gratis pero ahora
tan solo dejadme estar un momento a solas, tan solo dejadme en paz, este
intervalo de tiempo que siempre he estado perdiendo, quizás en
este precioso momento pueda ser como tú: un soñador anónimo
y amante a primera vista de Héroes del Silencio.
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Bunbury
cuando todavía no
había
adoptado este apellido
EL
HÉROE DE LEYENDA NUNCA MUERE
El
héroe de leyenda nunca muere, al igual que el mar no cesa de rugir
cuando la lluvia gris golpea fuerte mar adentro.
Hace tiempo que hundí mi rostro en la fuente de la esperanza y
ya no puedo llorar más lágrimas para que aquellos olvidados
que me cautivaron con su flor venenosa hace ya demasiados agostos regresen
del fondo del estanque al observar la triste visión de nuestras
almas directamente desde la isla de las iguanas, esa en la que vivimos
a los 16 hasta que sale a la luz nuestro particular héroe de leyenda.
Ahora me encuentro entre dos tierras, dos mundos que un maldito duende
me descubrió hace muchos años a través de una carta
quizás con malas intenciones, aderezada con sal pero que me hizo
seguir la senda de los hechizados, de los que conocen la oración
correcta, de los que saben despertar antes de que la decadencia les consuma
y sean sólo un nombre de guerra perdido en una esquina de un segundo
cuadro anónimo o un burdo holograma de un pasado glorioso.
Nuestros nombres y nuestra historia son un tesoro pero a veces nos olvidamos
de los placeres de la pobreza y agrandamos la herida mientras nadamos
a la deriva como una sirena varada mientras la apariencia de repente no
es sincera, la relegamos a ser como esa 'z' que da carpetazo a nuestro
abecedario, culpable final de un camino de excesos, injusta flor de loto
que acaba renaciendo en algún refugio interior y que nos hace hervir
la sangre poniéndola a mil grados, derritiendo tumbas de sal y
forjando leyendas bendecidas una y hasta otra vez en cualquier alacena
de nuestro corazón.
El futuro se presenta a la deriva, girando en una rueda de la fortuna,
a punto de deshacer de nuevo el mundo, de renacer con fuerza desde esa
Iberia sumergida en la estupidez, en la avalancha de suciedad sonora y
en brazos de la fiebre de ritmos latinos, pseudoroqueros y cantautores
de turno o experimentos fusionadores de mediocridad, y esperando se vuelve
a encender para siempre la chispa adecuada de esos días de borrasca,
de esas vísperas de resplandores porque no es el momento de morir
todavía, no es la hora de dejarse arrastrar por los cómodos
efluvios del opio ni de permitir que tu gloriosa historia sea lavada una
y otra vez con espuma de Venus por una discográfica hambrienta.
Yo sigo apostando por el Rock n´Roll, porque me inoculéis
ese virus mágico siendo de nuevo la piedra más alta que
corona orgullosa la torre de Babel a modo de medicina húmeda sonora
que cure los males musicales que sufrimos los que, desde una primera vez
y para siempre, nos sentimos héroes de leyenda… Particularmente
siento por momentos la ausencia de ti, carente de todo y disidente de
nada pero por fin he encontrado el camino que ha de guiar mis pasos y
esta noche me espera el amor en tus labios. De cada mirada, por Dios,
ardía el recuerdo en mi interior y nadar mar adentro y no querer
salir. Hace tiempo que ya no te veo, quizás no te llamo porque
no me atrevo, hace tiempo que ya no te veo, ¿habremos cambiado?
¿quizás a peor?...
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